martes, 12 de marzo de 2013

Sueños

Y te vi y me vi… nos vi.

Nos vi como siempre quisimos vernos
y como nunca pudimos estar: juntos.

Nos vi como quien siempre se ha mirado
en los ojos de su amor materializado,
en las ventanas de su otra alma.

Nos vi como queriéndonos,
como estando juntos,
como amándonos…

Pero sólo eso: nos vi,
nos imaginé, nos soñé…
nos vi y parecía tan real esa visión,
tan nítida, tan veraz…
tan tú y yo, como siempre quisimos
y nunca pudimos estar: juntos.

Nos vi por un largo rato,
así: juntos, tomados de las manos,
viéndonos y perdiéndonos
en un segundo que parecía eterno.

Pero la eternidad se terminó a llegar  el alba
y entonces entendí que nunca
habrá eternidad para nosotros…

miércoles, 28 de noviembre de 2012

domingo, 30 de septiembre de 2012

Rescatando Hábitos



A JARM por regalarme la oportunidad de leer un buen libro

Conocí a alguien que solía andar con muchos libros: libros en la mochila, en las manos, en las bolsas del saco, libros, libros, libros. Siempre cargaba más libros de los que leía. Cuando alguien le preguntaba por qué, él contestaba que los libros debían salir a pasear y no quedarse guardados en un librero. Confieso que muchas veces pensé que estaba mal pero aun así siempre respete esa extraña costumbre suya, la cual supongo debe seguir teniendo.

¿Por qué inicio con esto, querido lector? Lo recordé tras terminar la lectura, hace unos minutos, de un libro que llegó a mis manos como regalo de cumpleaños y del cual, debo confesar con honestidad, no esperaba mucho pues el título no me atraía, sin embargo decidí leerlo, como (casi) todo lo que llega a mis manos. Empezó como un libro de niños y no le tomé mucho interés, pero poco a poco fue cambiando.

¿El nombre? El libro Salvaje de Juan Villoro. Me reservaré muchos detalles por si tu curiosidad por este texto se despierta al leer estas escuetas líneas. Lo que sí diré es que el Tío Tito introduce a Juanito, el protagonista, al hermoso mundo de los libros y las lecturas enseñándole lo mucho que puede aprender de ellos, que un lector es capaz de cambiar la historia de un libro –enriqueciéndola o empobreciéndola- al encontrar diferentes detalles; le enseña que los libros tienen vida por sí mismos, que se mueven y cada libro es diferente y por ello el tipo de hábitat de cada uno es diferente, pero lo más importante de ello es hacer que los libros se sientan en familia y no porque pertenezcan a una biblioteca sino porque forman parte de uno mismo y por eso es necesario cuidarlos, tomarlos, verlos, acariciar sus páginas con los ojos, moverlos, releerlos y por qué no hasta sacarlos a pasear.

Sumado a lo anterior debo confesar que, a pesar de las bajas expectativas que tenía del libro, me hizo recordar algo que, ya por el trabajo o hasta por flojera, había dejado de hacer a menudo: leer de una manera apasionada para que, al terminar, tuviera esa linda-triste-extraña-confusa sensación que siempre tengo al terminar un libro, la sensación que uno tiene al despedirse de un buen amigo que saldrá de viaje por tiempo indefinido, esa sensación que se lleva una parte de tu esencia.

Llámame loca si quieres pero debo confesar que me hizo recordar el motor que, por mucho tiempo, movió mi vida y me llevó a estudiar Letras; reaprehendí una actividad que no debo dejar escapar porque alimenta mi mente y espíritu y sobretodo porque tengo a alguien en casa que, según dicen, siente la misma afición que yo por los libros: mi sobrina.

martes, 4 de octubre de 2011

FRATELLI...

A Jorge y José Luis, quienes se han convertido
en una pieza clave en mi paso por el COLLHI


Hoy, nuevamente, me siento en un café... nuestro café.
Siento un poco de nostalgia al sentarme sola en la mesa de siempre: la del ventanal que da vista a la 2 oriente. Si ese VIP's tuviera un registro de nuestras visitas, si esa mesa contara todo lo que hablamos: chismes, secretos, planes...
Sentarme ahora con mi computadora como única compañía y con las ganas de revivir esos momentos tan agradables me hace sentir que una parte importante de mi me hace falta en esta mesa: i mie fretelliEn verdad siento mucha nostalgia al sentarme y ver a los juegos, esos de donde salía un láser que apuntaba a una cabeza; pedir un café con galletas que solíamos compartir los tres, reírnos de nuestros problemas, decirnos unos a otros que nos equivocamos, deprimirnos juntos... hablar de las más grandes tonterías desde un punto de vista filosófico.
Sin duda el no verlos, la distancia, el poco tiempo me hace extrañarlos demasiado pero saber que, pese a todos esos inconvenientes, estamos en contacto me hace sentir que valió la pena entrar a esa pesada materia del venerable Sr. Ruíz y conocerlos y hacernos más que amigos: fratelli...
El tiempo pasa rápido y de nuevo estaremos juntos para reír, llorar, deprimirnos, embriagarnos con el dulce sabor de vida y las cosas tan risibles que pasan en ella. Hasta ese momento los extrañaré como siempre lo hago desde que nos separamos.
Un abrazo a ambos.

miércoles, 9 de febrero de 2011

INCERTIDUMBRE


La alegría, el miedo, la duda y todos los sentimientos estaban a flor de piel: se había cumplido el plazo que ambos habían pactado. Desde la misma despedida sólo habían dedicado su vida a esperar el reencuentro…

Aun recordaban cómo vestían esa última vez: él con un traje oscuro, resaltando su alta y elegante figura, una camisa que contrastaba con su tono de piel, una corbata de seda digna de su persona: todo en él era impresionantemente pulcro; ella siempre tan sensual y provocativa, vestía un pantalón blanco entallado y una blusa de gasa que, de no ser por el sujetador, pocas cosas dejaba a la imaginación, las bota blancas que usó esa mañana hacían que ella quedara casi a su altura… la altura perfecta para que sus labios se encontraran al menor movimiento.

Cómo añoraban, uno del otro, sus aromas. Ella solía usar un perfume tan fresco como la mañana, un aroma que despertaba su libido con sólo recordarlo, una fragancia que lo excitaba por demás, pero al mismo tiempo tenía un cúmulo de sensaciones encontradas: ternura, pasión, alegría, melancolía, tristeza, paciencia y desesperanza… Todo eso lograba en él al usar ese perfume, esa fragancia que parecía diseñada exclusivamente para ella pues con nadie más lograría esa amalgama de aroma-personalidad, un olor que era ella.

Él por su parte era un hombre cuya presencia imponía, no necesitaba ninguna fragancia: era alto y moreno, con una mirada penetrante y una sonrisa enigmática, su voz tan profunda y varonil hacía que ella se derritiera al más leve susurro. Su porte era como ninguno pues ella, al sólo verlo, sentía que la sangre le hervía y se estremecía hasta el último rincón de su ser… nunca antes había sentido algo semejante.

La tensión era mucha y en algún momento debía terminar. Habían esperado tanto para ese momento, pero con todo no sabían cómo reaccionaría uno con respecto del otro: sólo se mirarían o se atraparían en un abrazo, quizá se fundirían en el segundo de un beso eterno… ninguno de los dos era capaz de predecirlo. Las expectativas eran muchas y cada una tan improbable como la otra; eran altas para ambos y al mismo tiempo tan lejanas…

¿Sería todo como antes? Recorrer las mismas calles, los mismos lugares, las mismas diversiones, las mismas amistades. Recordar aquellas tardes de cine, café, de charlas interminables, caricias sugerentes; las noches que pasaron juntos entre sábanas, risas, pasionales caricias y planes a futuro… era como vivirlo de nuevo. En el pasado habían tenido la certeza de un reencuentro pero hoy no había seguridad de un mañana, el futuro era tan incierto como predecir un día soleado en una fría mañana de invierno.

Existía una necesidad urgente de terminar con esa lenta agonía, de verse a los ojos y encontrar en ellos el mismo brillo que estaba al despedirse, de repetir esas tardes de íntima compañía… o de pasar como dos personas que apenas se conocen. La duda carcomía a ambos, era desesperante sentir la lentitud con que avanzaba el tiempo, ver cómo los segundos se negaban a avanzar. Pronto terminaría la espera: la llegada de su vuelo estaba próxima…

Esa última tarde en que estuvieron juntos, entre besos y caricias, habían prometido esperar su regreso y seguir construyendo un futuro para los dos. Ella no pudo dejar de escribir una carta para él cada día; él nunca se desprendió de la foto que ella le había dado con un beso en la esquina. Todas esas ilusiones que, a la distancia, se habían formulado: viajes, tardes, proyectos, noches, sueños, mañanas, un futuro que sólo existía en sus corazones, en sus mentes… en el aire.

Pero pronto todo terminaría, el anuncio de la llegada del vuelo 2534 había hecho eco por algunos segundos en su mente. Su pulso se aceleró. La espera estaba por terminar, la agonía era más intensa cada vez pero la opacaban esas ansias locas de verse nuevamente.

Ella se levantó lentamente, tal como había prometido lo esperaba en el aeropuerto. Presa del miedo pero movida por la duda y, en cierta medida, la felicidad tomo dirección a la sala de llegadas. No estaba segura qué encontraría, pero sabía que sería el fin de una larga espera.

Cuando el capitán anunció la llegada, él sintió cómo la sangre recorría todo su cuerpo. Sabía lo que quería encontrar pero no estaba seguro que fuera así. El tiempo y la distancia nunca son los mejores aliados en estas situaciones, lo sabía, pero confiaba en que sería diferente esta vez. Con la calma y seguridad que lo caracterizaban bajo del avión, respirando lenta y profundamente cada vez, pues por dentro algo lo inquietaba: la incertidumbre. Encontró su equipaje y se dispuso a buscarla… sabía que ella lo esperaba.

Lentamente avanzaban cada uno, buscándose, esperándose y quizá, tontamente, aun amándose. Ella atractiva y sensual como nunca; el tan elegante como siempre. Se vieron a la distancia. Sonrieron. Con paso firme y tranquilo avanzaron al encuentro. No perdían de vista los movimientos del otro. Diez metros. Ella era tan hermosa. Ocho metros. Él era tan guapo. Seis metros. No habían cambiado nada. Cuatro metros. Ambos sonreían. Dos metros. Estaban frente a frente…

Se dieron la mano, como dos personas que se aprecian. Hubo un abrazo de bienvenida que duró lo necesario. No había brillo en los ojos o sensaciones que disfrutar ni recuerdos que revivir… Sencillamente dieron la vuelta y cada uno siguió su camino.